MIS AMIGOS

MIS AMIGOS

 

Cultivo una rosa blanca

en junio como enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

 

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo,

cardo ni ortiga cultivo;

cultivo la rosa blanca.

José Martí

 

La cancha no medía más de unos 5 metros de ancho y no más de 20 de largo, de pasto ni hablar, más polvo que tierra y una que otra piedra entre incontables hoyos que en temporada de lluvias se convertían en charcos, la portería señalada solo con dos piedras que no eran diferentes a las demás, pero que de manera clara demarcaban la tierra prometida, así era nuestra cancha, nuestra calle, la cerrada de Morelos que en realidad son dos callejones; el sol caía a plomo como las gotas de sudor en nuestra frente dibujando ríos de lodo entre la tierra que maquillaba nuestros cachetes, que no impedían nuestras risas entre alegatos tratando de hacer respetar las reglas del juego, reglas no escritas pero que esgrimíamos con habilidad para divertirnos no para vencer al otro, después de todo, que importaba si se perdía o se ganaba, mañana se disputaría otro partido, otra final y la disfrutaríamos de nuevo .

 

Yo hubiera podido jugar en el FC Barcelona, pero me chin… la rodilla, ja ja ja. Bueno la verdad sea dicha, no tenía la humildad de Maradona (es broma), ni la potencia de Ronaldo, mucho menos la magia de Ronaldinho, pero tuve los mejores amigos en mi infancia, con quienes compartí la calle de tierra, el refresco en bolsa, el abrazo sudoroso, la historia más mítica que épica, la nutritiva y sabrosa torta de frijoles, el regaño condicionante de nuestras madres, el miedo sin razón a la oscuridad, la aventura fantástica en los montes, la risa tan fácil como ingenua y la tristeza del llanto inconsolable.

Hoy estoy retirado del futbol,(bromeo otra vez) ya no comparto la risa y la alegría en nuestra cancha, ni la flora saprófita del popote del refresco en bolsa, pero disfruto de una amena y a veces acalorada plática durante una comida, de un cálido abrazo cargado de recuerdos buenos, malos, tristes, alegres, pero casi siempre junto a amigos.

 

Francis Bacon decía que la amistad duplica la alegría y divide las penas, sin duda tenía y tiene razón, si saco mis cuentas debería ser millonario de amigos y de alegrías, pero entre los pretextos de la vida, mis pasatiempos y pseudoamigos cibernéticos, muchos de ellos se me han escurrido entre los dedos; he perdido la oportunidad de seguir estrechando una mano, de compartir una sonrisa, de consolar con una abrazo, de atesorar recuerdos.

Seguro este 14 de febrero no compraré peluches, mucho menos globos rojos, tal vez una flor; pero seguramente recordare a mis amigos, a los que son y a los que fueron, elevaré uno oración por ellos y agradeceré haberlos conocido, parte de lo que hoy soy a ellos se los debo.

Si alguno me lee, prepárese para la reta o el “gol para” si quieren “el último que meta gol, gana”el cuerpo no es el mismo, ya carga demasiados años y muchos más kilos, pero el talento no se pierde y las ganas en el corazón siguen. ¿Apuestan su domingo? Si les dan permiso, me avisan.

LA CUESTA DE ENERO

LA CUESTA DE ENERO

 

Tuve la fortuna de nacer y crecer entre las montañas, no digo que hacerlo en otros caprichos geográficos de la naturaleza sea malo, pero este lugar tiene sus amenidades. Mire Usted, para donde quiera que uno caminara había frondosos árboles y bosques que proveían de casi todo, desde el refrescante aroma del pino, la inocente felicidad de columpiarse de un roble, hasta largas caminatas que nos mantenían en excelente forma física, aún cuando no conocíamos lo que era un gym.

 

Mi añorada infancia, no contaba con más de dos lustros, cuando mi Pá nos llevaba a visitar a mi Má María allá por los rumbos de San Juan Tlalpujahuilla, donde esta sita la más majestuosa iglesia construida en cantera negra, labrada toda por las hábiles manos de mis paisanos, y que Usted algún día tiene que visitar.

 

Pero disculpe el desvarío y retomando el tema orográfico, le contaré que el sendero de la visita, como es de suponer, se dibujaba entre montes y riachuelos que alegremente recorríamos tramos a pie, tramos caminando. No hay burro flojo de bajada, pero de subida es otra historia, los 4 kilómetros cuesta arriba son más que eso, son sudor, son dolor, son cansancio. Y entonces, ¿Por qué llegaba uno tan gustoso a casa de la abuela, aún sabiendo que faltaba el regreso?

 

Primero, claro esta, el gusto de ver a la abuela, la viejecita más ecuánime que mis retinas han captado, mis cócleas escuchado y mi corazón sentido (si es que el corazón es capaz de sentir o albergar sentimientos).

Segundo, porque disfrutábamos del viaje, aunque los pies se quejaran, el lugar es hermoso por donde se vea o se escuche, el aire es el más puro que ha difundido en mis pulmones, conciertos de pájaros huitlacoche, calandrias y gorriones arrancaban carcajadas a mi alma, y

Tercero, la compañía era mi familia con todo lo que me podía dar, lecciones de vida en cada paso, palabras de ánimo y amor que eran verdaderas ampolletas de adrenalina y energía que impulsaban mi corazón y movían mis piernas con disciplina.

 

Desde que tengo uso de razón, solía escuchar las noticias, buenas, malas otra peores, y siempre la misma canción, “estamos en crisis” una crisis crónica que a menudo se agudizaba, aún cuando algún cínico político advertía que tendríamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia.

 

¿Cómo salir avante en la cuesta de enero-diciembre? Seguro no hay una receta o un manual de procedimientos infalible, pero aquellas lejanas caminatas me enseñadon que:

Primero, se debe trabajar con ahínco , todo esfuerzo tiene su recompensa; Segundo, lo importante no es llegar, es disfrutar el viaje, solo es uno y no tiene retorno, acompáñate de la familia y amigos, y ; Tercero, solidarízate con los demás, siempre habrá alguien dispuesto a corresponderte, no será cuesta abajo, pero de subida no esta de más una ayudadita. Be happy.

“Las obras quedan, las gentes se van”

“Las obras quedan, las gentes se van”

Tal vez no lo traiga en mis genes, pero una de las tantas cosa que heredé de mi Pá, es el gusto por la música, especialmente por aquellas canciones  “viejitas pero bonitas”,  hoy me viene a la memoria  aquella que versa:

“Al final, las obras quedan, las gentes se van…..”

En unas cuantas horas, seré un año más viejo o acumularé más experiencia, más me vale; quizás no seré más sabio, pero ojalá sea menos ignorante; tal vez mi cuerpo será más melindroso, pero espero mi espíritu sea más fuerte, mis días por venir serán menos, pero seguro estoy de que debo estar muy agradecido con la vida.

Dejando la modestia de lado, quiero presumir que no son pocos los motivos para esta agradecido con la vida, con Dios, con mi familia y amigos y con Usted que tan generosamente me leé.

Y retomando la “viejita pero bonita”  canción del gachupín, me vino a la mente mi onomástico número 10, no porque haya sido el más feliz, pero si uno de los que más recuerdo, pues un día que para mí era de celebración, en Cruz Verde decíamos adiós a “Mariquita, la Carbonera”, pasaba a “mejor vida” espero que así haya sido.

De aquel acontecimiento poco me acuerdo, y que bueno, pues no recuerdo lágrimas en su velorio. En mi memoria aún conservo a “Mariquita”, sin apellidos, a secas, tal vez ni siquiera era su verdadero nombre, en aquellos días todas las mujeres eran Marías; “La Carbonera” no era despectivo, era solo para diferenciarla de las demás Marías, mujer menudita de ochenta y tantos años , quizás más, abundante en tizne y arrugas, paupérrima en compañía, facciones amables, cifosis notoria que le dificultaba la marcha, pero que no impedía su diligencia al grito de : “quiero… carbón, leña o  dulces”, aunque dudo que alguna vez haya escuchado un “Te quiero”; valiente y previsora como ninguna, había comprado su ataúd que celosamente guardaba para cuando fuese menester, a escasos dos metros de su cama en aquel oscuro sótano donde solitaria sobrevivía.

Desconozco más de su vida y si alguien la conserva en la memoria, probablemente no sabrá más que yo, y como olvidar a “Mariquita, la Carbonera” si me dio tanto sin saberlo, calentó mi hogar con carbón y leña, pero sobretodo endulzó mi infancia con  chicles Motita, Bomberitos y Canguro y huesitos de leche que ella misma preparaba.

Nunca le di las gracias, me tarde 35 años en aprender la lección, “Gracias Mariquita”, debo prodigar lo recibido.

“Al final, las obras quedan, las gentes se van, otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual”

!Felicidades Lupe¡

 

“Pues aquí estoy madrecita, te vengo a felicitar,

Por las fiestas tan preciosas, que te van a celebrar,

Y a decirte que te quiero sin ningunito interés,

Pues ya todito lo malo, tu lo tendrás que saber…”

 

Era Diciembre de 1980, lugar,  el “Colegio de las Madres” como todavía se le conoce,  todo esto en mi lindo Michoacán y así rezaban algunos de los versos de tan hermoso poema de cuyo nombre no puedo acordarme y que en esa ocasión gritaba más que declamar, frente a la  Guadalupana e pero como es mas fácil recordar una imagen que una poesía, aun conservo en la memoria y gracias a los garabatos de la luz, aquel “Juan Dieguito” de apenas 7 años, bien parecido como hasta ahora ja ja, vestimenta de manta y sarape de jerga, bigote y barba tupida, carentes de folículos pilosos pero abundantes en cera para lustrar zapatos, imagen sinécdoque del mexicano fiel, sumiso, bueno, a veces muy en el fondo, valiente para defender e irse a los puños sin vacilación si un extraño enemigo, incluso amigo osare recordarle a su madre.

 

Como ven “Juan Dieguito” no ha cambiado en 5 siglos de historia, eso si, el nombre ha evolucionado gracias a la continua conquista anglosajona que se ha apoderado de todo sobre la faz de la tierra, se extinguieron como los Pepes, los Panchos, las Lupes y las Marías, cediendo su lugar a los modernos y sinsentido: Braians, Britanis y compañía.

Aun así, es difícil  no conocer o tener una Lupe en la familia, en mi caso y hasta donde tengo conocimiento, porque la familia es muy vasta, mi abuela, una tía y una prima, comparten el apellido y el nombre, con todas tuve relación, con unas más, con unas menos, con la que más fue con mi “Abue” tal  vez porque vivía  al otro lado de la barda de adobe pero “ más bien” porque fue como mi segunda madre, solo que más viejita pero mas sabia, más cansada pero mas consentidora, más frágil pero de corazón mas fuerte, en fin, fiue como una versión reloaded o la edición corregida y aumentada, si es que a una madre se le puede corregir.

 

Por lo que respecta a la Guadalupana, les contaré que siempre me ha acompañado, nací y crecí en un pueblo  entre Guadalupano y Carmelita, yo no noto más diferencia que la fecha en el calendario, siempre a mi lado, susurrándome al oído la respuesta del examen, mitigando mis penurias, consolándome en mis penas  que mi torpe cerebro transformaba en verdaderas tragedias griegas. McCarney la describe mejor cuando dice: “ When i find myself  in times of trouble,  Mother Lupe comes to me, speaking words of wisdom…”

¡Felicidades Lupitas¡ Pero sobre todo gracias por lo que le han dado a mi vida.

P.D. Si alguno reconoce aquellos primeros versos, páseme el poema completo, hoy me doy cuenta que el internet no lo sabe todo; mi “abue” decía: “Más vale la tinta mas tenue,  que la memoria más privilegiada”, cuanta razón tenía.

! Ponte un suéter ¡

¡Ponte un suéter que te vas a enfermar!  ¿Amenazaba, conminaba o advertía mi madre? Yo creo que “más bien” me quería y protegía durante aquellos helados inviernos en la sierra de mi Lindo Michoacán, ¿Cómo olvidar  los transparentes cristales de hielo sobre el agua del tambo, los arbustos pálidos de escarcha y los viejos techos de la casas lloriqueando hasta el cenit, cuando los dorados rayos de Tonatiuh lograban derretir  el petrificado rocío de la noche.

Yo como todo chiquillo, en ocasiones rezongaba cuando el humor de  mi “Má” me lo permitía, otras veces me hacía el sordo y otras tantas me hacía el valiente, el  puberto superdotado y sabelotodo que negaba sentir frío aunque tuviese la piel erizada, los cachetes cuarteados, las orejas tostadas y la naríz llorara aquel liquido amarillento que solo los niños dicen, sabe  salado, ja ja, yo no lo sé.

Y digo la verdad cuando digo que no sentía el frío, tal vez debido a aquella ingenuidad de párvulo que nos impide advertir el peligro, o tal vez porque mis corpúsculos de Ruffini y Krause no eran tan achacosos como lo son  hoy en día, aun cuando ahora radico en una tierra tan pródiga con un clima tan indulgente donde puedo patear una piedra y en su lugar brotará una planta.

Es inevitable no escuchar a la gente quejarse del frio, tanto en las noticias que cada vez informan menos, en las redes sociales que de sociales solo tiene el nombre y entre mis amigos y familiares que envejecen conmigo, y yo me pregunto si solo el cuerpo consentido siente frío , o será posible que el alma olvidada también lo sienta, y la respuesta la hallé por doquiera que volteé la mirada; en el viejo de piel acartonada que ha sido olvidado por familia y sociedad, en aquel papá que todos los mañanas aborda la ruta preocupado por traer a casa el “chivo del día”, en aquella madre que antes lo esperaba en casa pero que ahora no le alcanzan los centavos y sale del trabajo rumbo a su casa preocupada por su prole.

Yo estoy seguro de que todos ellos tienen frio en el alma y que la mayoría de estos ya han enfermado, y entonces, ¿Cómo curar un alma enferma? ¿Existe una medicina preventiva para ello, o tal vez una vacuna? No lo sé, pero si sé que podemos abrigar su alma con suéteres de abrazos, de saludos, de sonrisas, de besos, de gratitud; y abusando de tu bondad y generosidad, de paso dale un caldo de pollo para el corazón.

Por cierto ¡Ay Nanita, que frío hace¡ ¿Ya vieron los suéteres?

¿A qué vinimos?

¿A qué vinimos a este mundo? Ríos de tinta y toneladas de papel se han invertido en plasmar siglos de variaciones filosóficas, y una que otra marihuanada, en tratar de dar respuesta a tan ancestral y básica duda.

Con más de cuatro décadas  en mi odómetro de viaje, podría decirse que  tal vez estoy màs pa`lla que pa`ca, según las estadísticas, y eufemísticamente que me encuentro en la plenitud de la vida, con una mente  casi adolescente, que se resiste a la llegada de los años dorados, yo “más bien” diría plateados, y un cuerpo que me recuerda que el dios Cronos no pasa en vano, y que además con exceso de rudeza y en complicidad con el espejo, a sabiendas de mi parquedad de memoria, con acucia me señala y recuerda mis cicatrices y heridas de batalla.

Por fortuna mi especie ha evolucionado tanto, que cualquiera puede manifestarse y expresar sus ideas, sean  cual fueren, y en un arrebato de soberbia e ingenuidad y auspiciado  por la confianza de mis descendientes intentaré dar respuesta a tan citada pregunta.

Para poder hacerlo tengo que remontarme a mi llegada a este mundo, allá por principios de 1973. Con solo unos “gestos en mi teléfono” pude saber que era un miércoles del frio mes de Enero, mi madre me conto que eran las 12:30 horas cuando solté mis primeras lagrimas, de los salados litros que he llorado, solo recuerden que no solo de tristeza se llega al llanto. Todo lo demás que sé de mis primeros días, solo lo puedo deducir, de aquellas fotos en celulosa y de aquellas que atesoro en la memoria, pero sobre todo por los resultados de aquellas lejanas premisas.

Por lo anterior puedo afirmar que existe un error en el planteamiento del problema, resultado de la soberbia intrínseca de la naturaleza humana, que nos obliga a hacer, expresar y sentir siempre en primera persona, como si uno fuera el rector del universo, vociferando que vinimos, cuando en realidad fuimos traídos, participio pasivo del verbo traer.

Sin excepción todos fuimos traídos por una madre y un padre, a veces presente, a veces no; deseados y queridos, afortunadamente la gran mayoría de las veces, resultado de un acto de amor, en ocasiones de ingenua calentura; pero puedo asegurar, que con todas la aberraciones  humanas que pueden existir, que aun no he escuchado a unos padres, decir que trajeron a sus hijos a sufrir, luego entonces, en un ejercicio maniqueo, fuimos traídos para dar felicidad y ser felices; y como, si algo tenemos seguro es la muerte, pero no el lugar ni la hora, y ya que estamos trepados en este tren, solo tenemos que disfrutar del viaje. “Be happy”